Mi cama. Mi televisión vieja, casi tanto como el
euro. Mi portátil que no funciona. Mi pato de porcelana roto. Mi corcho lleno
de recuerdos inconexos. Mis estanterías.
Resulta absurdo que vaya a echarlos de menos, que de
todas las cosas que entrañaré, los libros sean una de ellas. Están colocados en
orden, por autor, género, gusto personal, tema y espacio. Si alguien mueve uno
de sitio lo sabré al instante, podrías decirme que has cogido el decimosegundo
de la segunda balda de la derecha y sabría cuál es antes de verlo. Me voy sin
libros, quizá con dos simbólicos porque no puedo resistirlo, me siento desnuda
sin ellos, coja.
El agua de Madriz, mi calle, la palmera frente a mi
ventana y se avión de juguete que lleva en el tejado tantos años que ya está
deshaciéndose, los gritos del vecino. No, eso sí que no lo echaré de menos.
Mi ducha, solo para mí, con mi colección de botes de
champú vacíos, mi bidet lleno de libros que olvido devolver a los estantes, esa
colonia que compró mi hermana con quince años y que ninguna de las dos hemos
usado, ni tirado. Son tantas cosas las que echaré de menos sin darme cuenta que
no puedo enumerarlas.
Discutir con mis padres, esas cosquillas que duelen,
estar siempre enfadada con mi hermana, las lentejas.
Hoy sale mi vuelo. Volveré, en relativamente poco
tiempo, y aún así para e polluelo el primer vuelo fuera del nido le parece algo
abismal, gigantesco. A estas horas estaré en el aeropuerto, con tres maletas al
hombro, lentejas en el estómago y rezando porque mis amigas no vayan a
despedirme con una pancarta hecha de bragas.
¿Las cosas que echaré de menos? Las llevo conmigo,
en mi mente, en mi cabeza, donde más a salvo están.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡Gracias por tu comentario!