¿Lo sabías? Desde que naces sabes que los monstruos son monstruos, antes de saber que las hormigas no se comen (disculpen queridos amigos de ese lugar que no recuerdo en el que se comen fritas) y mucho antes de saber que los delfines son mamíferos.
Pero ellos no lo saben, al igual que los niños no saben que ellos son humanos. Si resulta que sale un niño con complejo de filósofo y pregunta, ¿qué soy? Su padre rápidamente contestará, "Un niño, por eso tienes colita." O su equivalente femenino. Nadie le contestará que es humano y los niños no lo aprenderán hasta la escuela.
Sin embargo, ¿hay una escuela para los monstruos? Claro que no, ni siquiera hay una escuela para los fantasmas, o para los entes que nosotros llamamos monstruos del armario.
Es por eso que los monstruos temen a los humanos, especialmente a los adultos, porque en realidad, guardadme el secreto, los monstruos quieren hacerse amigos de los humanos.
Ellos quieren ser nuestros amigos, sienten curiosidad por nosotros al vernos con sólo una cabeza o sólo cuatro extremidades, tan poco pelo y un habla tan extraño. Qué diferentes son, piensan ellos, me gustaría saber cómo son, cómo piensan estos humanos.
Pero claro, los monstruos se acercan a nosotros, amistosos, enseñándonos una enorme sonrisa con sus tres, cinco o doce bocas, dispuestos a conocernos, hablar y, si resulta que no somos peligrosos, preguntarnos si es verdad que tenemos dedos al final de las piernas y esa cosa que llamamos pies.
Cuál es la sorpresa de los pobres al hablar con nosotros cuando, nada más verles, gritamos y retrocedemos de un salto, dispuestos a protegernos con lo primero que tengamos a mano, como una baguette del día anterior.
Pero eso no es lo peor, lo peor viene cuando, sin venir a cuento, les chillamos que se vayan, monstruos. Así, de forma gratuita. Sin haberlo pedido les soltamos a la cara que son unos monstruos, el nombre más despreciativo que se les puede dar. Que no son normales, que no son buenos, que asustan, que son feos, peludos y huelen mal.
Los monstruos retroceden, asustados, temblando ante la sola palabra y la convicción con la que se lo han dicho, deseando dar media vuelta y correr hacia el armario, la cama o el cajón de la alacena de donde hayan salido, con lágrimas resbalando de sus múltiples ojos.
Dicho esto yo me pregunto, queridos amigos, ¿de verdad son ellos los monstruos?
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