martes, 12 de febrero de 2013

La biblioteca, ese hábitat hostil.


Quizá muchos de los que lean esto tengan ganas de freírme con su ironía al leer el título de la entrada, pero lean, lean un poco más, que nada es lo que parece.
No voy a quejarme de las bibliotecas, no voy a decir que no sirven para nada, que apenas se diferencian de la piratería, que hay demasiadas, que se les destina demasiado presupuesto… mentiría descaradamente si dijera eso.
Admito y proclamo orgullosamente que soy una fiel admiradora de las bibliotecas, que pasaría mucho tiempo allí si tuviera alguna en un radio de menos de 15 minutos de casa. En las bibliotecas conoces los libros de peque, aprendes a elegir por ti mismo, al principio lo haces por la portada, los colores, luego por el título, más tarde evolucionas hasta no mirar dos veces un libro si la contraportada no te ha dicho lo que quieres… Y años después acabas de nuevo escogiendo los libros por el título, o por la portada, o leyendo el nuevo libro de Manolito Gafotas (lo quiero en mi estantería cuanto antes, por si me queréis regalar algo). En las bibliotecas creces como lector, pasas de canijo los veranos, al fresquito, planeando llevarte mil libros estos para la playa, estos para la piscina, este para la siesta en casa del abu… aunque luego solo te dejen coger tres.

Tengo que reconocer no tan orgullosamente que le he cogido un poco de asco a las bibliotecas. ¿Por qué, con lo buenas bonitas y gratuitas que son? Porque son un hábitat, un ecosistema propio donde se desarrolla una especie autóctona: el estudiante estresado.
Yo he sido una de ellos, y lo volveré a ser, y he pasado tantas horas en las bibliotecas acompañada de mis compañeros de especie que les he cogido asco, mucho.
Porque las bibliotecas, señoras y señores, son un hábitat hostil, pero muy, muy hostil. En las bibliotecas se estudia, ¿no? Sí, claro, y se lee, y se escriben cosas, y se hacen trabajos en el ordenador, y se leen periódicos, y se investiga… Lo que nadie que no sea de la especie studentum estresatum piensa es que en las bibliotecas se liga. Sí, se liga. Se liga mucho, o poco, depende de la persona, el lugar y las horas que se lleve ahí. ¿Eso es bueno, no? Se preguntarán. Negativa rotunda, NO, nein, never. ¿Saben lo que significa que una horda de adolescentes estresados vaya a la biblioteca a ligar? Les daré una pista:
Tac tac tac tac. Tac tac tac tac. Tac tac tac tac.

¿Entienden lo que quiero decir? No me refiero al susurro del papel rasgándose para entregar una nota a escondidas, ni los suspiros enamoradas de las muchachas inocentes, ni las miraditas indiscretas entre las mesas. No, es una pesadilla muchísimo peor y que, a pesar de que estamos en pleno siglo XXI y que la ciencia corre que se las pela, aún no se ha conseguido solucionar.
Por Dios, por Alá, por Buda, por Atenea o por quien sea, que alguien invente de una vez los zapatos de tacón que no imiten los andares de un elefante al pisar el suelo. ¿Es suficiente ruego? Háganlo, por favor, o acabará saliendo en las noticias una muchacha acusada de asesinato por lanzamiento de apuntes a morenaza en tacones.

Att: Studenta estresata.

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