He probado muchas lentejas, muchísimas a lo largo de
mi (ya no tan) corta existencia, las de la abuela, las de la tía, las de la
otra tía, las del padre, las de la madre de la amiga, las del cuñado, las mías…
y no he encontrado ningunas que estén más buenas que las de mi madre.
Y eso que las lentejas de mi madre siempre están un
poco pasadas para mi gusto y que se lo digo casi siempre. Aún así como las lentejas de mi madre, ningunas.
Por todos es sabido que la comida de una madre es
sagrada y nunca encontrarás a nadie que cocine como ella. De hecho muchas veces
buscarás en tu pareja, casi sin darte cuenta, que cocine de una manera parecida
a como lo hace tu madre. Y si no lo hace lo intentas, y al principio tragas
mientras piensas ni punto de comparación
con las lentejas (o cualquier otra comida) de mi madre. Pero según va aumentando la confianza te sueltas un
poco y te lanzas a comentarlo, hasta que llega el momento en el que, comida
tras comida, te encuentras refunfuñando porque cariño, las lentejas de mi madre están más buenas.
Puede que haya alguna comida que alguien haga mejor
que tu madre, que tu pareja la haga mejor, pero nunca lo admitirás, no es que
lo haga mejor, es que las suyas también son buenas, como las de ella. Pero esto nunca ocurrirá con tu plato
favorito, jamás, porque tu plato favorito es tal y como lo hace tu madre y
cualquier cosa que no sea eso es un pésimo sucedáneo. Al principio lo soportas,
lo aguantas, pensando en tu madre cada vez que comes esa comida que te encanta,
o que te encantaba, porque ya no sabe como antes. El tiempo pasa y llegas al
punto antes comentado, el de decírselo al cocinero, pero los meses, los días, o
las comidas siguen corriendo y puede que ya no aguantes más. Y decides tomar
medidas.
Cariño,
voy a enseñarte a hacer lentejas, pero no como las haces tú, que además le
echas zanahoria y eso a mí no me gusta. Te voy a enseñar a hacerlas como las
hace mi madre.
Y lo intentas, bien sabe el dios de las lentejas que
lo intentas, pero no consigue cogerle el
truco y tú te quedas con las ganas, con las ganas de coger la puerta y pedir
asilo político en casa de tus padres, porque tu pareja te ha mandado a la
mierda gritándote no sé qué de complejo de Edipo y jurando que no va a volver a
comer lentejas en su **** vida.
¿Y ahora qué? Pues ahora te conformas con pensar en
otra cosa cada vez que toca comer lentejas en casa, dando gracias que al menos
te las cocina alguien, aunque no sea tu madre, porque como te tengas que comer
las tuyas mueres por intoxicación. Y sueñas, sueñas con una sonrisa tonta en la
cara que el domingo vas a pasar por casa de tus padres y por el dios de las
lentejas que no sales de allí sin un buen tupper lleno de las lentejas de tu
madre.

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