martes, 22 de enero de 2013

Crónica de una madrina amateur: Desprendiendo amor.


Esta soy yo rebosando amor.
Por los cuatro costados.
Amor, rezumo amor y orgullo, tanto que estoy a punto de embotellarlo y venderlo a 10€ el litro. ¿Queréis?
La pequeña V. me llama
Sí, sí, tal y como leéis, la princesa de un añito ya llama a madrina amateur. ¿Entendéis que rebose amor?
Pequeña V. me llama, me llama tata, que mola mucho más, y me llama a todas horas. Vale, que contando con que su vocabulario es relativamente reducido [mamma (cuando llora) papa (cuando ríe), guagua (el perro), guaguá (agua) y titáh (reloj, que no lo pilláis)*]… pues tampoco es que sea un gran logro. O quizá sea un gran logro precisamente por eso.
Con tan solo un año va gritando “tata, tata, ta, ta, ta….” Por todas partes. Pero no es que lo grite porque sí, porque le apetece, porque ella lo vale. Sabe perfectamente que tata soy yo. ¿Qué cómo lo sé? Porque si le preguntas dónde está la tata me mira, ¡me mira a mí!
Y me llama. Sí, se asoma al mirador, desde donde tiene una perfecta vista de mi escritorio, donde suele estar una servidora, enganchada a los apuntes, y empieza a chillar “¡tata, tata!” hasta que la oigo, la miro y ella se descojona.
¿Es motivo para rebosar amor o no es lo suficiente?


*Pijiprofe y la menda intentamos enseñarla a decir ‘patata’, aunque tras dos o tres intentos consecutivos V. se cansa y opta por darnos un abrazo y un beso, a ver si así nos callamos. [Y sí, lo hacemos, pero es que es un as del chantaje]

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