Quedan seis días para los
exámenes, hoy tienes un examen de la asignatura que más odias y peor se te da,
aquella para la que estuviste semanas estudiando y aún así suspendiste. Hoy
tienes el examen en tres horas y aún no has terminado de leerte el primer tema
de los cuatro que entran en el examen.
Llega un momento en el que
te das por vencida, me rindo, qué más da,
para hacer el ridículo en la
universidad prefieres quedarte en casa y ahorrarte el disgusto del desastre. Estás
triste, deprimida, te sientes incluso humillada y te preguntas qué narices tenía de bueno esa carrera para
que la eligieras.
Pero la solución golpea tu
cabeza con la fuerza de un mazo en movimiento. Coges el abrigo, el bolso y te
vas directa al tren. En cuanto tomas la decisión comienzas a sentirte un poco
mejor y hacer planes para recuperar este descalabro académico.
Bajas del tren y caminas
apenas cinco minutos cuando vas llegando, lo notas en el ambiente, antes
incluso de llegar a la puerta de Velázquez vas dejando de pensar en tus problemas
para sorprenderte recordando cuánto te gustan esos capiteles jónicos, cómo puedo haberlo olvidado. Incluso no
te arrepientes de darle la espalda a la estatua de Velázquez porque comienzas a
empaparte del ambiente que te rodea y a fijarte en los detalles.
Una vez dentro y tras
haber esquivado a un grupo de abuelas rubias y uno de japoneses te haces con un
mapa y te sientas, rodeada de musas, decidiendo qué te apetece ver hoy,
bolígrafo en mano. Trazas el recorrido ideal y te levantas, dispuesta a empaparte de arte en
el Museo del Prado.
Esta vez es diferente, tan
solo vas a ver lo que te apetece, te fijas en detalles que nunca te habías
fijado, como cierta forma de dibujar los dedos meñiques de los pies de un
artista o el abombamiento de las tablas de algunos óleos, o el raíl que recorre
toda la pared de la sala y en el que antes no habías reparado. Paseas con
calma, con toda la calma del mundo, sintiéndote en casa, te diviertes
escuchando a todos esos entendidillos de arte. Hay uno en cada grupo de
visitantes, no es difícil reconocerlo, estará alabando las mil maravillas del
cuadro tras leer el título y el autor, llamando la atención hacia detalles que
supuestamente los demás no ven.
Poco a poco te olvidas del
mundo exterior, de la depresión, los exámenes, la familia, de los turistas e
incluso de ti misma. Ves exactamente lo que quieres ver y ni un cuadro más,
cuando intentas hacer un esfuerzo y pasar por las salas de El Greco no puedes,
te das la vuelta inmediatamente negando con la cabeza. Estás completamente
relajada y tranquila, es casi un proceso catárquico que culmina en la sala de
las pinturas negras cuando te sorprendes sonriendo mirando un cuadro que colgar
en la pared de tu cuarto, con lágrimas en los ojos. Sonríes, niegas con la
cabeza y abandonas la sala, feliz.
Deambulas por el museo
parándote en exactamente lo que quieres, incluso buscando esa sala que llevabas
tres años buscando y te maravillas al enamorarte de una taza. El placer llega a
su máximo punto cuando visitas a Rubens y pareces encontrarte con un viejo
amigo. Es hora de irse, pero antes solo una obra más. De camino giras la cabeza
al entrar a una sala y no puedes evitar que se te escape una carcajada, ahí
está, ese es el cuadro del que un calvo
treintañero te habló una noche en la discoteca. Te sientas frente a él, con
esa sonrisa tonta en la cara, antes de irte a buscar a tu querida Atalanta y recordar que la han cambiado de sitio.
Fin de la visita, el cielo
oscuro de Madrid te recibe, con todas sus luces que te hacen pensar que la
ciudad es más bonita de lo que reconocemos. Cierras los ojos, respiras hondo y
te das cuenta que durante esas dos horas no ha habido problemas, has sido
completamente feliz. Que te gusta tu carrera más que nada y sólo necesitabas
algo que te lo recordara. Caminas de vuelta a casa y te das cuenta que la luna
está preciosa, tiene exactamente la misma forma que en ese cuadro de Tiepolo
que te encanta. Que el desamor al arte se combate y se vence con amor al arte.
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