sábado, 21 de septiembre de 2013

Crónica de un primer día

Despedida de Pijiprofe, marido y Pequeña V. en casa. La princesa está resfriada, ronca y muy mimosa, se pasa más de diez minutos sentada en mi regazo y apenas habla. Llora mucho a la hora de merendar pero flojito, porque le duele, a mí se me cae el alma.
Al despedirnos la abrazo, abrazo a Pijiprofe y ella dice que me vaya ya, que va a llorar. Es entonces cuando yo lloro y me abraza con V. en brazos. Justo antes de entrar en el coche veo a pequeña V. diciendo adiós y haciendo el gesto con la mano, me ve llorar y empieza a hacer pucheros.
Cargada con tres maletas llego al aeropuerto, el tiempo pasa, no me doy cuenta que son los últimos minutos. Llega la hora y empiezo a llorar antes de dar el primer abrazo. Definitivo, soy una llorica.
Lo más divertido del avión son los dos sexagenarios que se sientan a mi lado. La mujer señala y avisa a medio pasaje cada vez que ve un avión, despegando y aterrizando en un aeropuerto imagínense cómo acabaron mis nervios.
Lo de los conductores de Roma ya es otro tema aparte, solo digo que con razón se les llama autista, debe estar en el contrato lo de ser borde y estúpido (no así de los taxistas, o al menos con el que me he topado, un muchacho encantador con los dientes más relucientes que he visto nunca). Cargo durante veinte minutos con cuarenta kilos de equipaje, porque me pierdo de camino al hostal de mala muerte en el que paso la noche. Sí, porque no duermo, con los ronquidos de los vecinos, ni con los chillidos de la gente de la calle. La noche se hace eterna.

En realidad todo esto no me importa, porque ahora, veinticuatro horas después de despegar de Madrid, apenas puedo creer que tenga mi casa en Roma, con compañero de piso cantante de ópera-ducha incluido.

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