Despedida de Pijiprofe, marido y Pequeña V. en casa. La
princesa está resfriada, ronca y muy mimosa, se pasa más de diez minutos
sentada en mi regazo y apenas habla. Llora mucho a la hora de merendar pero
flojito, porque le duele, a mí se me cae el alma.
Al despedirnos la abrazo, abrazo a Pijiprofe y ella dice que
me vaya ya, que va a llorar. Es entonces cuando yo lloro y me abraza con V. en
brazos. Justo antes de entrar en el coche veo a pequeña V. diciendo adiós y haciendo
el gesto con la mano, me ve llorar y empieza a hacer pucheros.
Cargada con tres maletas llego al aeropuerto, el tiempo
pasa, no me doy cuenta que son los últimos minutos. Llega la hora y empiezo a
llorar antes de dar el primer abrazo. Definitivo, soy una llorica.
Lo más divertido del avión son los dos sexagenarios que se
sientan a mi lado. La mujer señala y avisa a medio pasaje cada vez que ve un
avión, despegando y aterrizando en un aeropuerto imagínense cómo acabaron mis
nervios.
Lo de los conductores de Roma ya es otro tema aparte, solo
digo que con razón se les llama autista, debe estar en el contrato lo de ser borde y estúpido (no así de los taxistas, o al menos con el que me he topado, un muchacho encantador con los dientes más relucientes que he visto nunca). Cargo durante veinte minutos con
cuarenta kilos de equipaje, porque me pierdo de camino al hostal de mala muerte
en el que paso la noche. Sí, porque no duermo, con los ronquidos de los
vecinos, ni con los chillidos de la gente de la calle. La noche se hace eterna.
En realidad todo esto no me importa, porque ahora,
veinticuatro horas después de despegar de Madrid, apenas puedo creer que tenga
mi casa en Roma, con compañero de piso cantante de ópera-ducha incluido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡Gracias por tu comentario!