viernes, 27 de julio de 2012

Una mejilla con sabor a sal


Una mejilla con sabor a sal, una mirada al infinito, una sábana blanca, unos ojos cerrados, una mano aferrada a un cristal, un abrazo que no llega, un adiós que no se dirá.
No importa si son centímetros o años luz de distancia, no importa porque importa demasiado, no importa toda la gente que abarrota el aire, seguimos siendo los mismos. Pero importa porque ya no somos los mismos, somos uno menos en una mesa en la que ya no se canta.
Da igual que hiciera meses que no nos veíamos porque los abrazos no caducan sino que se renuevan y nos sentimos más unidos que nunca, por desgracia.
Todo sigue igual, tal y como siempre hasta que llega la tormenta, llueve y te das cuenta que las ventanas están cerradas, que son relámpagos los que caen y no hay nadie gritándote desde la calle, ni sentado en el banco.
Pierdes los estribos, gritos sordos que nadie escucha, saludas una vez más y elevas los hombros, las lágrimas caen ocultas por la piel, escuchas historias que se repiten una y otra vez, tratando de crear un consuelo que ralla en la histeria.
Somos más que nunca a pesar de ser uno menos, un objeto que se vuelve mítico, quejas a media voz, entre sollozos, periodos de paz antes de que se acabe el tiempo.
Porque el tiempo se agota y lo sabemos. Somos los de siempre, juntos, sentados esperando que el tiempo pase, aprovechando los últimos segundos, sin darnos cuenta de lo que vemos. Entonces se apaga la luz, se cierra la puerta y dejas de ver nada porque todos pasan a ser nosotros y somos más fuertes que nunca mientras amenazamos con caer.
La cabecera de la mesa está llena de recuerdos que no vamos a olvidar.

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