Una mejilla con sabor a sal, una mirada al infinito,
una sábana blanca, unos ojos cerrados, una mano aferrada a un cristal, un
abrazo que no llega, un adiós que no se dirá.
No importa si son centímetros o años luz de
distancia, no importa porque importa demasiado, no importa toda la gente que
abarrota el aire, seguimos siendo los mismos. Pero importa porque ya no somos
los mismos, somos uno menos en una mesa en la que ya no se canta.
Da igual que hiciera meses que no nos veíamos porque
los abrazos no caducan sino que se renuevan y nos sentimos más unidos que
nunca, por desgracia.
Todo sigue igual, tal y como siempre hasta que llega
la tormenta, llueve y te das cuenta que las ventanas están cerradas, que son
relámpagos los que caen y no hay nadie gritándote desde la calle, ni sentado en
el banco.
Pierdes los estribos, gritos sordos que nadie
escucha, saludas una vez más y elevas los hombros, las lágrimas caen ocultas
por la piel, escuchas historias que se repiten una y otra vez, tratando de
crear un consuelo que ralla en la histeria.
Somos más que nunca a pesar de ser uno menos, un
objeto que se vuelve mítico, quejas a media voz, entre sollozos, periodos de
paz antes de que se acabe el tiempo.
Porque el tiempo se agota y lo sabemos. Somos los de
siempre, juntos, sentados esperando que el tiempo pase, aprovechando los
últimos segundos, sin darnos cuenta de lo que vemos. Entonces se apaga la luz,
se cierra la puerta y dejas de ver nada porque todos pasan a ser nosotros y
somos más fuertes que nunca mientras amenazamos con caer.
La cabecera de la mesa está llena de recuerdos que
no vamos a olvidar.
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