Aquello no era una escena de sexo, pero casi.
Ella no podía saber, ni remotamente podía imaginar, cuando se acercó a aquel monumento, que iba a encontrarse con aquello.
Allí, en el altar a la gloria de la patria, entre una triple hilera de columnas, dos personas, aunque también cabría decir que podía ser sólo una, estaban teniendo el momento más sexual que ella había vivido en toda su vida.
Esas personas no estaban teniendo sexo, en absoluto, pero el sexo se respiraba en el ambiente, se podía palpar con los labios y saborear con la lengua.
Y eso era precisamente lo que aquella pareja estaba haciendo.
Por milésima vez ella se lo repetía en su mente, no estaban teniendo sexo, pero la forma en la que la chica se separaba de los labios de su amante, necesitada de aire, jadeante, la postura torcida de su cuerpo, espalda quebrada en un giro anhelante, apoyada en la columna, siendo castigada por las estrías de esta, que la arañaban, golpeaban y teñirían de moratones la mañana siguiente, todo estaba impregnado de sexo.
Él tampoco se quedaba atrás, se saboreaba el sexo en su lengua, que inundaba la boca de su amante, que jugaba con el lóbulo de su oreja y que se escondía tras los dientes para que estos, clavándose en la femenina piel, la provocaran un jadeo que gritaba que aquello era sexo en toda regla.
Sin embargo, o quizás precisamente por ello, ella, la visitante, se había quedado paralizada, a medio camino entre las columnas, sin saber si irse escalinata abajo para no interrumpir, seguir mirando, o seguir paseando ya que, qué más faltaría, no era ella quien estuviera haciendo algo censurable allí. Aunque, a decir verdad, aunque quisiera no podría alejarse de allí. No por imposibilidad física, bastaría con dar media vuelta y bajar la escalinata que acababa de subir, dirigirse a cualquiera de los maravillosos lugares que plagaban la ciudad, sino que ella, tan dulce, casta e inocente, nunca había presenciado una escena de tal calibre.
Aquellos desconocidos no podían imaginar que a aquella chica nunca la hubiera besado nadie, que sus labios, suaves y finos, no habían sido tocados por otros labios, que su cuerpo, maduro,esbelto, hermoso, no había sido preso del amor. Mejor dicho, ¿amor? ¿qué amor? No había sido preso del deseo, del ardiente avance del fuego por sus curvas, iniciado en su mente, en su cintura, en sus caderas, y extendido hacia cada parte de su anatomía hasta que no cupiera en él una brizna de cualquier cosa que no fuera el deseo.
Claro que por supuesto, aquellos desconocidos no eran precisamente conscientes de que estaban siendo observados y eso hacía a escena más secreta, más excitante y aún más sexual si cabe. Ella no sabía si era que estaba desarrollando un gusto por el voayeur, si era una enferma, sacudida por el morbo de aquella situación o si acaso era un sentimiento totalmente normal para una joven como ella.
Para el caso lo mismo daba, puesto que a pareja seguía sin sentirse observada, besándose, lamiéndose y amándose, jugando a ser uno mientras, en la sombra, una chica era incapaz de apartar la mirada de aquello.
Aquello que no era en absoluto sexo, pero la palabra estaba escrita en cada centímetro de su piel y, en su mente, quedaría por siempre grabada en cada centímetro de aquel lugar.
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