viernes, 19 de octubre de 2012

Vivir en un zapato

Yo sólo quiero, mamá, vivir en un zapato
Para correr por mil sitios
Y conocer mil lugares
Para caminar por la hierba
Como si fueran rosales.

Yo lo que quiero, mamá, es vivir en un zapato
Para ver pasar cien piernas
Y nadar en cien mares
Para mirar hacia el cielo
Y dejar de ver los males.

Porque yo quiero, mamá, ser una lagartija
Corretear sin pesares
Y así poder ver la vida,
Como si viviera en una suela de zapato.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Los monstruos no saben que son monstruos

Los monstruos no saben que son monstruos.
¿Lo sabías? Desde que naces sabes que los monstruos son monstruos, antes de saber que las hormigas no se comen (disculpen queridos amigos de ese lugar que no recuerdo en el que se comen fritas) y mucho antes de saber que los delfines son mamíferos.
 Pero ellos no lo saben, al igual que los niños no saben que ellos son humanos. Si resulta que sale un niño con complejo de filósofo y pregunta, ¿qué soy? Su padre rápidamente contestará, "Un niño, por eso tienes colita." O su equivalente femenino. Nadie le contestará que es humano y los niños no lo aprenderán hasta la escuela. 
Sin embargo, ¿hay una escuela para los monstruos? Claro que no, ni siquiera hay una escuela para los fantasmas, o para los entes que nosotros llamamos monstruos del armario. Es por eso que los monstruos temen a los humanos, especialmente a los adultos, porque en realidad, guardadme el secreto, los monstruos quieren hacerse amigos de los humanos. 
Ellos quieren ser nuestros amigos, sienten curiosidad por nosotros al vernos con sólo una cabeza o sólo cuatro extremidades, tan poco pelo y un habla tan extraño. Qué diferentes son, piensan ellos, me gustaría saber cómo son, cómo piensan estos humanos. Pero claro, los monstruos se acercan a nosotros, amistosos, enseñándonos una enorme sonrisa con sus tres, cinco o doce bocas, dispuestos a conocernos, hablar y, si resulta que no somos peligrosos, preguntarnos si es verdad que tenemos dedos al final de las piernas y esa cosa que llamamos pies. 
Cuál es la sorpresa de los pobres al hablar con nosotros cuando, nada más verles, gritamos y retrocedemos de un salto, dispuestos a protegernos con lo primero que tengamos a mano, como una baguette del día anterior. Pero eso no es lo peor, lo peor viene cuando, sin venir a cuento, les chillamos que se vayan, monstruos. Así, de forma gratuita. Sin haberlo pedido les soltamos a la cara que son unos monstruos, el nombre más despreciativo que se les puede dar. Que no son normales, que no son buenos, que asustan, que son feos, peludos y huelen mal. 
 Los monstruos retroceden, asustados, temblando ante la sola palabra y la convicción con la que se lo han dicho, deseando dar media vuelta y correr hacia el armario, la cama o el cajón de la alacena de donde hayan salido, con lágrimas resbalando de sus múltiples ojos.
 Dicho esto yo me pregunto, queridos amigos, ¿de verdad son ellos los monstruos?

jueves, 20 de septiembre de 2012

¿Caducidad o madurez?


Todo cambia. Llega un momento en el que sabes que las cosas van a cambiar, tu mundo se va a trastocar, que tú vas a cambiar. Y asusta, asusta mucho. Porque sabes que ese momento va a llegar, que se desliza lentamente hasta ti y antes de darte cuenta ya te está afectando. Me refiero, por supuesto, a crecer.
Todos hemos querido ser niños, todos hemos disfrutado siendo niños, diciendo que queríamos ser mayores pero, en el fondo, adorábamos ser niños. El problema llega cuando el niño (adolescente) empieza a madurar y a convertirse en un adulto. No hay una edad exacta, algunos dicen que se produce al llegar a la mayoría de edad, otros dicen que se produce al llegar a la quincena, otros, en cambio, que no llega hasta la veintena, o hasta la primera vez que se hace el amor, o hasta el primer coche, o el primer trabajo, o la primera cana.
No hay un momento concreto, hay hombres y mujeres con coche, trabajo y un buen puñado de canas (muchas veces ocultas bajo el tinte) que siguen siendo niños, hay mujeres de veintitrés años que siguen siendo niñas y hombres que a los dieciséis ya se hicieron hombres.
En cambio, es algo que esas personas sienten, tienen un sexto sentido, un je ne sais quoi, un vago presentimiento que les dice que algo va a cambiar y tardan un tiempo en darse cuenta de qué es lo que va a cambiar, pero al final lo saben.
Los hay que están alegres y aceptan la madurez con los brazos abiertos, gritándole que se dé prisa, que ya quiere ser mayor; los hay que les pasa al contrario, se asustan, no quieren que llegue y tratan de retrasarlo lo máximo posible, quieren seguir siendo niños, pero no hay retraso que valga.
La madurez aún no me ha llegado, pero siento cómo se extiende por mi cuerpo, cómo va avanzando lenta pero inexorablemente y, si no consigo pararla, en unos meses me habrá convertido en adulta. Y seré una adulta de (casi) diecinueve años, en segundo de carrera, sin carnet de conducir, coche ni piso propio, con trabajo temporal, más canas de las que quiero admitir y siendo una madrina (i)responsable.